Dotada de una inteligencia que le valió en el
siglo XVII la admiración de la corte virreinal de México y le abrió
perspectivas de una exitosa vida mundana, Juana Inés Asbaje eligió en cambio
retirarse a un convento. Allí, absorbida por los estudios y la creación
literaria, llevó una existencia callada y dejó una obra notable, cuyas normas
rigieron la poesía de su tiempo.
Optó prudentemente por el
estado religioso y la más absoluta discreción, como pautas de vida, a tal grado
que sus más íntimos anhelos quedan hoy escondidos detrás de los hermetismos
barrocos de su estilo literario, y resulta imposible determinar hasta qué punto
sus poesías líricas hablan de dolores sinceros o son la esgrima conceptual de
la que se valía para tratar temas muy de moda en su tiempo.
El padre de Juana Inés, Pedro
Manuel Asbaje, era un vasco que llegó en 1625 a la villa de Yecapixtla, en el
sur del virreinato de la Nueva España, donde casó con Isabel Ramírez de
Santillana, y ambos se trasladaron a la Alquería de San Miguel de Nepantla. Allí
nació en 1651 Juana Inés de Asbaje, y al poco tiempo sus padres se trasladaron
con ella a Amecameca, pequeña ciudad que tenía catedral y -detalle importante-
escuela.
La misma Juana Inés, en su
autobiográfica Carta a sor Pilotea recuerda su primer contacto con la
enseñanza: cuando tenía solo tres años acompañó cierto día a una hermana mayor
que debía tomar lección; la pequeña Juana no vaciló en decir a la maestra que
la madre quería que se le diese lección también a ella. La instructora le dio,
medio en broma, medio en serio, la lección solicitada, y al cabo de unos días
la maestra comprobó con asombro que la niña aprendía a leer en brevísimo tiempo
y a escondidas de sus padres, “creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin
orden (…)”
De los pocos libros a su
alcance no quedó una sola página que no leyese la niña; eran -no podían dejar
de serlo en Amecameca- libros religiosos edificantes, la mayoría escritos en
verso, de modo que la niña fue creciendo convencida de que la forma natural de
expresión escrita era el verso y no la prosa.
A los ocho años descubre unos
libros de su abuelo escritos en latín y se entera de que es posible estudiar
esa lengua en la Universidad fundada un siglo antes en la ciudad de México.
Comienza entonces a asediar a sus padres para que la envíen allá, y como estos
no logran disuadirla, aducen una objeción que les parece decisiva: la
Universidad no admite mujeres.
Juana no se arredra y les pide
permiso para asistir a la Universidad disfrazada de hombre. Los padres
accedieron a ruegos tan insistentes y permitieron que prosiguiera su educación
en la capital, donde tomaría lecciones particulares de latín. Su padre la
encomendó al cuidado de una caravana que se dirigía a la ciudad de México,
donde la pequeña Juana fue acogida por unos parientes lejanos.
EXAMEN EN LA CORTE
No quedan muchas huellas de
sus primeros años en la capital. Un documento certifica que tomó veinte
lecciones de latín con el bachiller Martín de Oliva. El resto de su erudición
-que poco después causaría asombro— lo adquirió por sus propios medios, con
disciplina de autodidacta y recurriendo a curiosos métodos.
Para controlar sus progresos
en el estudio se valía de un originalísimo “reloj”: cuando, ya adolescente,
tuvo edad de complacerse con su figura, se cortaba los cabellos cuatro o seis
dedos por encima de lo normal y se proponía estudiar un tema mientras su
cabellera creciera hasta tener otra vez aspecto presentable; pues “no parecía
razón que estuviese vestida de cabellos, cabeza que estaba tan desnuda de
noticias”.
El recurso debió ser muy
eficaz, y la fama de su saber voló de boca en boca hasta interesar al mismo
virrey, Antonio de Toledo, funcionario progresista y protector de las artes. La
corte virreinal brillaba por méritos propios, y la joven Juana Inés fue
incorporada a ella a los catorce años, bajo la protección de la virreina, doña
Leonor. No tardó la muchacha en conquistar la admiración general por su
donaire, su discreción y, sobre todo, por su saber. En poco tiempo se formó un
círculo de admiradores que hicieron de ella el ídolo mundano de la ciudad.
Manuscritas en páginas que
circulaban de mano en mano aparecieron sus primeras poesías: sonetos, odas,
poemas de circunstancias. Tanto éxito despertó el resquemor y la envidia de
muchos personajes, hasta que la discusión sobre si era genuina o fingida la
ciencia de Juana hizo que la Universidad tomara cartas en el asunto y
organizara un examen en el que la joven debía responder a las preguntas de un
tribunal integrado por más de cuarenta sabios versados en distintas materias.
La prueba se efectuó en presencia de toda la corte, y la examinanda respondió
con aplomo y amplitud impresionantes. Tal fue su único e insólito contacto con
la soñada Universidad.
“LOS DOLORES QUE PADEZCO”
Antes de esta prueba, Juana
Inés había ingresado en un convento de Teresas, pero un tropiezo de salud la
devolvió al mundo después de tres meses de reclusión. Un año después, el 24 de
febrero de 1669, a los dieciocho años, tomó definitivamente los hábitos en el
convento de las Jerónimas, con el nombre de sor Juana Inés de la Cruz.
No dejaron de fabularse
historias alrededor de su vocación religiosa. Según su propia versión: “Éntreme
religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado muchas cosas repugnantes a
mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo
menos desproporcionado que podía elegir en materia de seguridad que deseaba mi
salvación, a cuyo primer respeto (…) cedieron y sujetaron la cerviz todas las
impertinentillas de mi genio, que eran de querer vivir sola, de no tener
ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio (…)”
Su conducta, no obstante, fue
ejemplar: cumplió con todas las obligaciones de su estado religioso y dedicó el
resto de su tiempo al estudio, acompañada por los cuatro mil volúmenes que se
llevó al convento, además de sus mapas, globos terráqueos y aparatos
científicos.
La liberalidad de su regla
monástica le facilitó el quehacer intelectual, pero no faltaron algunos
inconvenientes. Una de sus superioras le prohibió el estudio, convencida de que
estaba vedado por la Inquisición: “Yo la obedecí (…) y aunque no estudiaba en
los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió (…)”. La prohibición
duró tres meses, y los buenos oficios de las autoridades allanaron todos los
inconvenientes pues la sabia monja era visitada y consultada por los estudiosos
y literatos de su tiempo, y hasta por los virreyes. Pero un dolor insaciable,
del que se queja con palabras amargas, la mortifica en el convento, donde sus días
solitarios carecen “no solo de maestro, sino de condiscípulos con quienes
conferir y ejercitar lo estudiado, teniendo solo por maestro un libro mudo,,
por condiscípulo un tintero insensible (…)”.
Al final de su vida un cambio
radical se produjo en su forma de ser. En 1693 vendió todos sus libros e
instrumental, y destinó la recaudación al auxilio de los pobres, conservando
solo algunos cilicios y disciplinas y tres devocionarios. Al poco tiempo su
superiora la reprendió por llevar los ejercicios de penitencia a límites que
bordeaban el suicidio. En 1695 la peste asoló el convento y sor Juana se empeñó
en la atención de las enfermas hasta caer ella, víctima del mal el 17 de abril.
Su obra literaria revela una
inteligencia penetrante que nunca olvida su condición femenina. No faltan en
ella sugerencias llenas de sensatez sobre la educación de las mujeres, la
conducta de los hombres para con estas (como en las conocidas redondillas: “Hombres
necios que acusáis…”) y sobre la angustiante situación espiritual de su sexo.
Quizá su ambiente fue un yugo que la asfixiaba, pero nunca se quejó
abiertamente: “Bien ha visto, quien penetra/lo interior de mis secretos, / que
yo misma estoy formando / los dolores que padezco”.
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